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Virginia Chihota. Kupinduka

19 de marzo - 6 de septiembre

Virginia Chihota, ‘Kupinduka’, 2026. Vista de sala. Cortesía de la artista. CAAC.Fotografía Claudia Ihrek.

«Nací en las condiciones de un espíritu inquieto,
con la obligación de soñar despierto».
Fernando Pessoa, El libro del desasosiego (1913-1935, publicado 1982)

«Nací con un grito».
Dambudzo Marechera , The House of Hunger (1978)

En El libro del desasosiego, Fernando Pessoa presenta la existencia como un estado
de suspensión, donde la identidad se fragmenta y la certeza se desvanece. Sus
palabras laten con desasosiego y, al mismo tiempo, con una extraña claridad:
la conciencia de que lo incompleto constituye la condición misma del ser. Esta
atmósfera de inquietud, no como parálisis sino como fuerza vital, ofrece un marco en
la obra de Virginia Chihota (Chitungwiza, Zimbabue, 1983).

En su primera gran exposición individual institucional en Europa, Kupinduka, en el
Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC, Sevilla), Chihota reúne pinturas,
dibujos, grabados y obras sobre papel de gran formato, mostradas al público por
primera vez. Su práctica es profundamente introspectiva, moldeada tanto por
vivencias cotidianas como por experiencias fundamentales como la maternidad, la
familia, la pérdida, el desplazamiento, la memoria y la fe.

Chihota entrelaza pintura, dibujo y serigrafía en intrincadas capas de patrones, color
y línea. El cuerpo femenino, a menudo el suyo propio, reaparece como fragmento
y silueta, disolviéndose en abstracción, multiplicándose sobre la superficie o
replegándose hacia dentro como si se retirara. Estas figuras contienen vulnerabilidad
y resistencia en igual medida, sus frágiles contornos resguardan la memoria al
tiempo que se abren a la transformación. En el centro de su práctica se encuentra
la noción de Kupinduka. En shona (una de las principales lenguas de Zimbabue), la
palabra sugiere un giro, un cambio de estado, entendido a menudo como el camino
al ámbito espiritual para hacer llegar un mensaje. No es simplemente cambio, sino un
pasaje: una ruptura en la que el yo se desestabiliza, se transforma y habla desde otro
registro. En la obra de Chihota, este acto de giro se hace visible en la forma en que
sus figuras se pliegan, se duplican o se disuelven; en la repetición de las líneas como
ecos; en la manera en que la ausencia misma se convierte en presencia en la página. Sus obras no presentan el cuerpo como fijo o completo, sino como un lugar de
tránsito continuo, cargado con la posibilidad de transmitir algo más allá de lo visible.
Kupinduka, en este sentido, otorga al lenguaje visual de Chihota tanto fragilidad
como su fuerza: un umbral, donde el cuerpo íntimo se convierte en mensajero de lo
invisible.

Las nuevas obras revelan una delicadeza acentuada: líneas translúcidas, motivos
vegetales y signos espirituales que flotan entre la interioridad y la trascendencia. Aquí
el cuerpo no es una forma estable, sino un terreno cambiante, generativo y abierto,
donde el silencio se convierte en ritmo y la inestabilidad da lugar a la renovación.
Pessoa (Portugal, 1888-1935) escribió: «Existir es derivar entre lo que soñé y lo que
viví». La práctica de Chihota habita precisamente ese vaivén. Sus figuras oscilan
entre la protección y la apertura, el silencio y el ritmo, la desaparición y el retorno.
Encarnan la sensación de que la vida se despliega en movimiento, suspendida entre
la visión interior y la experiencia vivida.

Si Pessoa aporta el eco de la inquietud metafísica, Dambudzo Marechera (Zimbabue,
1952-1987), el incendiario poeta y novelista zimbabuense, proyecta sobre su obra
la urgencia de la fractura y la supervivencia. La escritura de Marechera enfrenta el
desarraigo, el exilio y la volatilidad de la identidad con una intensidad cruda que
rehúsa el encierro. Su afirmación de que «escribir es arder y resurgir como ceniza»
resuena en la manera en que las formas de Chihota parecen disolverse para
reconstituirse de nuevo, frágiles pero insistentes. Donde las palabras de Marechera
desgarran el tejido de la pertenencia, las imágenes de Chihota reparan y deshacen
simultáneamente, equilibrando fractura con ternura, rechazo con esperanza.

El universo de Chihota convierte la inquietud en visión. Sus pinturas y obras sobre
papel no son representaciones sino meditaciones, donde el pigmento y la línea se
abren a estados de tránsito. En su centro está Kupinduka: el giro mediante el cual
el cuerpo se desestabiliza, cruza umbrales y habla en nuevas formas. Las figuras
emergen y se repliegan, los cuerpos colapsan en patrones, el color tiembla contra la
ausencia. Chihota construye un lenguaje visual en el que la fragilidad no es debilidad
sino fuente de renovación. Lo incompleto se convierte en terreno fértil, lo fracturado
en un camino hacia otra imaginación posible. En este sentido, la obra de Chihota nos
invita a ver la pintura como refugio y umbral, un lugar donde el cuerpo realiza su
propio giro, soñando lo que aún podría llegar a ser.

Jimena Blázquez Abascal

Imágenes

Virginia Chihota, ‘Kupinduka’, 2026. Vista de sala con ‘Serie Siendo yo’ (2025) y ‘Yo soy frágil, tú eres frágil’, 2008-2026. CAAC. Cortesía de la artista. Fotografía Claudia Ihrek.
Virginia Chihota, ‘Kupinduka’, 2026. Vista general. CAAC. Cortesía de la artista. Fotografía Claudia Ihrek.
Virginia Chihota, ‘Yéndome por ahora’, 2025. Exposición ‘Kupinduka’, 2026. CAAC.Cortesía de la artista. Fotografía Claudia Ihrek.
Virginia Chihota, ‘Kupinduka’, 2026. Vista de sala. Cortesía de la artista. CAAC.Fotografía Claudia Ihrek.